Recuperando de la memoria cada uno de los segundos que me han traído hasta este preciso instante he recordado tantas cosas... Tantos sueños perdidos que habían caído en el olvido, tantas caricias que me hacían olvidar la necesidad de respirar, tantos dulces besos que desenmarañaban cualquier preocupación existente...
Quizás he perdido la costumbre de escribir o, quizás, simplemente es que ya no siento lo que sentía cuando mi imaginación rememoraba cada uno de los segundos plasmados en palabras que tú me permitías pasar a tu lado.
Doy por cerrado este blog. Porque en esta bitácora ya no caben más mareas, ni más viajes a través del inmenso mar que me has hecho recorrer. No queda lugar para los dorados amaneceres haciendo brillar tu piel a través de la persiana. No hay hueco existente para tratar de reavivar esa llama que me derritía la piel al roce de tus dedo pues las cenizas no prenden en llamas de nuevo cuando un mar de lágrimas cae sobre ellas.
He apilado un montón de ramas verdes para que las señales de humo me localizasen en tu mapa pero lo único que he conseguido es asfixiarme con ese mismo humo y ahora, desde el infierno de mi propia soledad, cuando estás a mi lado y ya no te siento, es cuando la despedida sabe más amarga. Por eso no quiero que me recuerdes. Prefiero que olvides que he pasado por tu vida. Será más fácil para los dos.
Te he querido tanto, Mi Amo. Te he deseado tanto... que ahora, las cenizas solamente son eso. Cenizas.
Ni tan siquiera un peldaño de las escaleras que conducían a mi casa. Ni si quiera me dejaste dar un paso desde que entré en el portal. Te abalanzaste sobre mí cual ave rapaz sobre su presa. Tenías hambre de mi. Y yo estaba deseosa de tus mordiscos.
Atacaste directamente a la yugular con tus besos. No dejaste ni un rincón de mi cuello por saborear. Cuando llegaste a mis orejas yo ya no podía contener mis gemidos. Sabías qué hacer para obtener tu marjar. Solo tenías que conseguir que mi desconfianza se esfumara como en el cuento del cocodrilo que lloraba para que el pajaro se acercase a él. Solo que tus lágrimas no eran otra cosa más que caricias, besos y mordiscos.
Sentiste que mi corazón latía más rápido y que mi resistencia se iba haciendo mucho más débil y en ese momento aprobechaste para arrebatarme la ropa y contemplar mis senos desnudos apuntando directamente a tus ojos. Quisiste probarlos, y a esas alturas yo ya te dejaba hacer lo que quisieras. Los agarraste firmemente, como si tuvieras miedo a que escapasen de tus manos y los lamiste, los besaste... Paseabas tu lengua furtiva por mis inocentes pezones rosados.
Quise escapar de ti. Y por un segundo, solo por un segundo conseguí alejar tu cuerpo del mio, pero no tardaste en volver a avalanzarte sobre mí. Estabas hambriento y no querías perder tu comida.
Me empujaste contra la pared y me apuntaste directamente a la cara con tu espada. Dios!! El deseo era tan grande... Y la tenía ahí, delante mía, dura y brillante. Esperando a ser utilizada... Era tal la tentación... Y tan duro mostrarme reticente a no sacarle brillo con mi lengua... Necesitaba sentir su calor. A esas horas de la madrugada mi cuerpo estaba frío y entumecido y decidió que quería tener una estufa a la que agarrarse. No pude evitar introducir tu virilidad hasta la garganta. Mmmm... Y ese sabor tan agradable...Sujetaste mi pelo, no fuera a ser que quisiera escapar, y descubriste que además te servía para dominar mis movimientos. Tú marcabas el ritmo con la mano. Embistiendo tu espada contra mi garganta una y otra vez.
Perdí la noción del tiempo. Simplemente disfrutaba de esa maravillosa sensación: mi cuerpo cedido a tus deseos, mi lengua moviendose al ritmo de tus embestidas, mis ojos clavados en los tuyos, brillantes, contemplando tu rostro deseoso, escuchando tus gemidos, tu entrecortada respiración... Una maravillosa ópera de ritmo desenfrenado y sonidos de lujuria.
No supe cuando tu masculinidad se hizo demostrable. Simplemente sentí que algo bajaba por mi garganta, caliente, sabroso... Mmmm... En ese momento solo deseaba beber y beber hasta emborracharme de tu miel. Había estado hurgando en la colmena, como un oso en el bosque. Una golosina para mis sentidos, para mi gusto.
Soltaste mi cabeza. Ya te habias saciado. Enfundaste tu espada y me dejaste, ahora sí, que subiese las escaleras hacia mi casa. Pero debió de gustarte el primer plato... pues no tardaste mucho en encargar el segundo para cuando nos volviéramos a ver...
Supongo que esto es un paréntesis en un album de recuerdos. Una página en blanco. En la que solo caben las palabras.
Hay cosas (sensaciones, sentimientos) que una imagen no consigue hacernos volver a sentir. Tampoco las palabras bastan para reflejar esos momentos en los que la respiración se nos corta, o los ojos se cierran sin saber bien por qué. Esos momentos en los que deseamos que el tiempo no pase. Que todo lo que nos quede de vida sea ese momento perfecto en el que abrazados a alguien, o sintiendo sus labios en nuestra piel, oliendo su cuello antes de que el sueño nos lleve, corriendo por una playa con los brazos abiertos sinetiendo la libertad en nuestro pecho, mirando al cielo mientras la lluvia nos empapa la cara. Esos momentos en los que la vida parece más corta.
Escuchando esa canción que algún día nos unió en un beso que jamás olvidaremos me doy cuenta de que mi vida ha sido hasta ahora demasiado corta porque no he sabido aprobechar bien esos segundos que nada ni nadie podrá recordarme.
Un día me dijiste que las promesas nunca son eternas y hoy me doy cuenta de que lo que no es para siempre no es lo que tu o yo digamos. lo que hace eterno a una promesa, es que jamás, jamás olvidemos esas razones por las que era importante prometernos. Lo que sentíamos al decirnos que jamás dejaríamos de amarnos, que jamás el tiempo y la distancia serían obstáculo para mantenernos firmes.
Ahora pienso, rodeada por las sombras del atardecer tras la persiana, que jamás, jamás habrá obstáculos para que recuerde lo que siempre he querido ser. Que jamás, jamás olvidaré lo que te prometí que sería.
Hace unos días tuve un sueño... Uno en el que me miraba en el espejo y detrás mia aparecía él. Con su torso desnudo y su mirada profunda clavada en mis ojos. Comiéndome con ella. Como siempre hacía cuando nos encontrábamos.
Se acercaba a mi, con su paso ansioso, con su mirada cada vez más lasciva.
Cada centímetro que se acercaba era una aguja clavándose en mí. Una aguja de placer, no dolor. Profundo placer. Deseo. Pasión. Desenfreno. Lujuria.
Con él cada noche era irrepetible pero faltaba siempre algo. Era una relación edulcorada, no endulzada. Como la sacarina en un café. Es dulce pero nunca es lo mismo que el azúcar.
Sus manos podían ya tocarme, podía sentir cada ranurilla de sus huellas rozando mi piel. Mis hombros, firmemente sostenidos por sus dedos se encogían como reflejo del cosquilleo que ya rodeaba mi cuerpo. Cada poro de mi piel dilatado, cada pelo de mis brazos erizado...Bajaban sus manos cruzando mi cuello, llegaron a rozar mis pezones, rodeándolos, acariciando mis pechos descubiertos y todavía con gotas de agua que todavía no me había secado de la ducha.
Mi cuello ya se había entregado a él, relajado y con vida propia seguía los movimientos de sus manos. Yo sentía el bulto que palpitaba en mi espalda. Su sexo ya se había despertado para jugar y el mío ya se humedecía de deseo por sentirlo de nuevo cerca, muy cerca.
Me agarró por la cintura y me hizo levantar del taburete en el que estaba sentada. Me giró lentamente y me besó. Fue uno de esos besos que hacen que pierda las fuerzas y mi cuerpo se rinda a él.
Hizo conmigo lo que quiso durante más de una hora hasta que caímos rendidos, empapados en sudor, en la alfombra.
Increíble, pero edulcorada.
Placer, pero sin sentimiento alguno.
Era mío, y yo suya, pero solo durante unos minutos, o durante unas horas, pero solo eso...El sexo, maravilloso, eso sí. Sin sexo la vida sería fría y aburrida.
Y yo... pues sueño con picardía, porque sueño fantasías que algún día serán realidad. Y sino... pues otras vendrán!.